Hoy Cuba vive una crisis que lleva a algunos a pedir intervención contra ese régimen. Hoy miles de venezolanos celebran la caída de un dictador. Y mañana República Dominicana podría encontrarse pidiendo que alguien venga a poner orden frente al descontrol migratorio.
República Dominicana debería prestar atención a lo que está pasando en el continente. Estados Unidos es llamado el “policía del mundo” no solo por su enorme poder militar y económico, sino también porque muchos países fallan en gobernarse con orden y justicia, creando las condiciones para que Washington encuentre razones para intervenir.
Cuando las instituciones se corrompen, y cuando los líderes políticos traicionan a sus propios pueblos, el resultado siempre es el mismo: aparece un vacío de poder.
Y en política internacional, el vacío de poder nunca dura mucho. Alguien siempre lo llena. Hoy ese papel lo sigue ocupando Estados Unidos.
La reciente captura del líder venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses marcó un punto de quiebre en la política del continente. Mientras algunos gobiernos condenaron la intervención, muchos sectores celebraron el fin de un régimen que consideraban autoritario.
Ese episodio dejó una lección poderosa: cuando los gobiernos se convierten en sistemas profundamente corruptos, los propios pueblos terminan celebrando que alguien intervenga para poner orden.
Ese mismo escenario se discute ahora en la cumbre Escudo de las Américas, impulsada por el presidente estadounidense Donald Trump, donde líderes del continente —entre ellos Luis Abinader— analizan temas de seguridad regional, migración y estabilidad política.
Pero más allá de los discursos diplomáticos, lo que está ocurriendo en América es algo más profundo. Los propios fracasos políticos del continente están fortaleciendo la hegemonía estadounidense.
Cada gobierno corrupto, cada democracia debilitada y cada político que usa el poder para enriquecerse empuja a los pueblos a mirar hacia Estados Unidos en busca de orden.
Por eso hoy se ve una paradoja histórica que hace unos años parecía imposible.
Cuba, durante décadas símbolo del discurso antiimperialista, atraviesa una crisis tan profunda que cada vez más voces dentro y fuera de la isla plantean que alguien debe intervenir para poner fin a la dictadura castrista.
Venezuela, por su parte, muestra otra escena reveladora: mientras algunos gobiernos protestan por la intervención, miles de venezolanos celebran la caída política de Nicolás Maduro y la posibilidad de un nuevo comienzo.
Es decir, lo que antes parecía impensable hoy empieza a volverse visible: pueblos que agradecen o incluso piden la intervención de una potencia extranjera para librarse de sus propios gobernantes.
Y aquí aparece la advertencia para República Dominicana. Los dominicanos están expresando demandas claras: control real de la migración ilegal, castigo contra la corrupción, seguridad ciudadana, justicia social y una distribución más justa de las riquezas. No son demandas extremas; son exigencias básicas de cualquier sociedad que quiere vivir en orden.
Pero si los gobiernos ignoran esas exigencias, la historia demuestra que el desenlace puede volverse peligroso.
Hoy Cuba vive una crisis que lleva a algunos a pedir intervención contra el régimen. Hoy Venezuela ve a muchos ciudadanos celebrar la caída de un dictador. Y mañana República Dominicana podría encontrarse pidiendo que alguien venga a poner orden frente al descontrol migratorio o el deterioro institucional.
Ese es el verdadero secreto del poder estadounidense. No es solo su ejército. No es solo su economía. No es solo su tecnología.
Es la incapacidad de muchos gobiernos para gobernar con firmeza, honestidad y de cara a su gente.
Cada gobernante débil, cada político corrupto y cada sistema que abandona a su pueblo termina alimentando la misma fuerza que los podría destruir.
Por eso Estados Unidos sigue siendo el “policía del mundo”. No solo porque puede ejercer ese poder. Sino porque, en demasiados lugares, cada vez más personas comienzan a creer que alguien debe hacerlo.
Por eso, el presidente Luis Abinader, sus funcionarios y las fuerzas militares tienen hoy una responsabilidad histórica: apartarse de la corrupción, proteger con firmeza la frontera, enfrentar de verdad la migración irregular y gobernar de cara al pueblo dominicano. Solo así podrán evitar que crezca la frustración social y preservar la estabilidad del país. De lo contrario, corren el riesgo de que los ciudadanos dejen de verlos como sus autoridades y comiencen a verlos como sus verdugos, deseando que el llamado “policía del mundo” intervenga, barra con todo y termine arrebatándoles el poder, el mando y los privilegios que hoy poseen.

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